El nacimiento de María Santísima trae al mundo el anuncio jubiloso de una buena nueva: la madre del Salvador ya está entre nosotros. Es el amanecer que anuncia nuestra salvación, el inicio histórico de la obra de la Redención.

Y “¿cómo celebraremos el nacimiento de María?”

Esta pregunta, hecha por San Pedro Damián en su “Segundo Sermón sobre la Natividad de Nuestra Señora”, todavía surge cuando se trata de conmemorar esa solemnidad. El acontecimiento es demasiado grandioso. Y de esta forma, el santo justificó su perplejidad:

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Contemplamos a una niña como todas las demás y, al mismo
tiempo, única, la “bendita entre las mujeres” (Lc 1, 42).
María es la inmaculada “Hija de Sión”, destinada a
convertirse en la Madre del Mesías”.
(Juan Pablo II, Audiencia de 8/9/2004).

 

“Las tinieblas del paganismo y la falta de fe de los judíos, representadas por el templo de Salomón, sucede al día luminoso en el templo de María”. Es justo, por lo tanto, cantar en este día y a Aquella que en él nació. Pero, ¿cómo podríamos celebrarlo dignamente? Podemos narrar las hazañas heroicas de un mártir o las virtudes de un santo porque son humanas. Pero, ¿cómo podrían las palabras mortales, pasajeras y transitorias, exaltar a Aquella que dio a luz la Palabra que permanece? ¿Cómo decir que el Creador nace de una criatura?”

Una fiesta de Alegría

Está enteramente de acuerdo con el espíritu de la Iglesia festejar con alegría la Fiesta de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María. Su conmemoración es realizada el día 8 de Septiembre. “La celebración de hoy es para nosotros el comienzo de todas las fiestas”, afirma el Calendario Litúrgico Bizantino. El nacimiento de María Santísima trae al mundo el anuncio jubiloso de una buena nueva: la madre del Salvador ya está entre nosotros. Es el amanecer que anuncia nuestra salvación, el inicio histórico de la obra de la Redención.

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San Pedro Damián afirma en su homilía para esta fiesta:

“Dios omnipotente, antes que el hombre cayese, previno su caída y decidió, antes de los siglos, la redención humana. Decidió Él encarnar en María.” “Hoy es el día en que Dios comienza a poner en práctica su plan eterno, pues era necesario que se construyese la casa, antes que el Rey descendiese para habitarla. Casa hermosa, pues, si la Sabiduría construyó una casa con siete columnas trabajadas, este palacio de María está conectado a la tierra en los siete dones del Espíritu Santo. Salomón celebró de modo solemne la inauguración de un templo de piedra. ¿Cómo celebraremos el nacimiento de María, templo del Verbo encarnado? En aquel día la gloria de Dios descendió sobre el templo de Jerusalén bajo la forma de una nube, que los oscureció.

El Señor que hace brillar al sol en los cielos, para su morada entre nosotros escogió la oscuridad (1Rs 8,10-12), dice Salomón en su oración a Dios. Este mismo templo estará repleto por el propio Dios, que viene para ser la luz de los pueblos.”

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La Natividad de María era celebrada en el Oriente católico mucho antes de ser instituida en Occidente. Probablemente tiene su origen en Jerusalén, a mediados del siglo V. Fue en Jerusalén que se mantuvo viva la tradición que la Virgen habría nacido junto a la Puerta de la Piscina Probática.

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Alégrense todos los hombres porque el nacimiento
de la Virgen vino a traer la aurora del gran día de
la liberación que esperan todos los pueblos.

En esta fiesta el mundo católico admira a Nuestra Señora como la aurora que anuncia el Sol de justicia que disipa las tinieblas del pecado. En ella, la Iglesia invita a “contemplar una niña como todas las otras, pero que al mismo tiempo es única, pues Ella es “bendita entre todas las mujeres” (Lc 1, 42), la Inmaculada “hija de Sión”, destinada a convertirse en la Madre del Mesías.” (Juan Pablo II, Audiencia de 8/9/2004)

Alegría hasta para los Ángeles

La alegría en las conmemoraciones de la fiesta litúrgica del nacimiento de Nuestra Señora alienta a todos, incluso a los ángeles:

“Alégrense los Patriarcas del Antiguo Testamento que, en María, reconocieron la figura de la Madre del Mesías. Ellos y los justos de la Antigua Ley esperaban hace siglos, ser admitidos en la gloria celestial por la aplicación en la fe de los méritos de Cristo, el bendito fruto de la Virgen María.

Alégrense todos los hombres porque el nacimiento de la Virgen vino a traer la aurora del gran día de la liberación que esperan todos los pueblos. Alégrense todos los ángeles porque en este día les fue permitido por primera vez la oportunidad de reverenciar a su futura Reina.” (Lehmann, P. JB. Na luz Perpétua, 1959 p.268)

Sólo en el Cielo hubo Fiesta

Aunque siendo María la “Virgen bella y Gloriosa” que Dios amó con predilección desde toda la eternidad, desde toda la Creación como su obra prima, enriquecida de las gracias más sublimes y elevada a la excelsa dignidad de Madre de Dios, (Patriarca Fócio, Homilía sobre a la Natividad, PG 43) visiblemente, ningún acontecimiento extraordinario acompañó el nacimiento de María.

Los Evangelios no dicen nada sobre su nacimiento. Ningún relato de profecías, ni apariciones de ángeles, ni señales extraordinarias son narrados por los evangelistas. Sólo en el Cielo hubo Fiesta, pues el Hijo de Dios vio a nacer a su Madre.

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En esta visión el nacimiento de la Virgen aparece íntimamente ligado a la salvación del hombre y de la creatura entera. María es verdaderamente la aurora de un mundo nuevo, mejor: del mundo nuevo tal como había sido pensado por Dios desde la eternidad.

 

Una fiesta como la de la Natividad de la Santísima Virgen María, por la época en que se celebra —es decir, cuando el tiempo, después de los calores estivales, se hace más suave, y cuando la uva y tantos otros frutos llegan a madurar— expresa muy bien dos conceptos: el de la “plenitud de los tiempos” (cf Gál 4,4; Ef 1,10; Heb 9,26) y el del alivio beneficioso aportado por el nacimiento de María.

La Natividad de María —comenta san Andrés de Creta en la homilía sobre la segunda lectura del oficio de la fiesta (cf Sermón 1: PG 97, 810)— “representa el tránsito de un régimen al otro, en cuanto que convierte en realidad lo que no era más que símbolo y figura, sustituyendo lo antiguo por lo nuevo”.

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Nuestra Señora Niña y su madre, Santa Ana.

La liturgia de la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María reafirma en diversos tonos la idea de la plenitud de los tiempos: en la primera lectura del oficio se preanuncia el gran momento de la aparición de la íntima colaboradora de aquel que conseguiría la victoria definitiva sobre la serpiente infernal, aparición, por ello, destinada a iluminar a toda la iglesia.

El tema de la luz recurre constantemente en la Fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María: “Por su vida gloriosa todo el orbe quedó iluminado” (segundo responsorio de las lecturas del oficio). “Cuando nació la Santísima Virgen, el mundo se iluminó” (segunda antífona de laudes). “De Ti nació el Sol de la justicia” (ant. del Benedictus). Y junto al tema de la luz, obviamente, el tema de la alegría. “Que toda la creación… rebose de contento y contribuya a su modo a la alegría propia de este día” (segunda lectura del oficio).

  “Celebremos con gozo el nacimiento de María” (tercera ant. de laudes). “Tu nacimiento… anunció la alegría a todo el mundo” (ant. del Benedictus).

Plenitud de los tiempos, luz y alegría. Quizá se logre entender mejor lo que representa el nacimiento de la Virgen para la humanidad si se tiene en cuenta la condición de un encarcelado. Los días del encarcelado son largos, interminables… Cuenta los minutos de la última noche que transcurre en la cárcel. Después, finalmente, las puertas se abren: ¡ha llegado la hora tan esperada de la libertad! Esos minutos interminables, contados uno a uno, nos recuerdan las páginas evangélicas de la genealogía de Jesús. Unos nombres se suceden a otros con monotonía: “Abrahán engendró a lsaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá… Jesé engendró a David, el rey. David engendró a Salomón…” (Mt 1,2.6ab). Hasta que suena, finalmente, la hora querida por Dios: es la plenitud de los tiempos, el inicio de la luz, la aurora de la salvación: “Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, el llamado Cristo” (Mt 1 .16).

  La liturgia no acostumbra celebrar el nacimiento terreno de los santos (la única excepción la constituye san Juan Bautista). Celebra, en cambio, el día de la muerte, al que llama dies natalis, día del nacimiento para el cielo. Por el contrario, cuando se trata de la Virgen santísima madre del Salvador, de aquella que más se asemeja a él, aparece claramente el paralelismo perfecto existente entre Cristo y su madre. Y así como de Cristo celebra la concepción el 25 de marzo y el nacimiento el 25 de diciembre, así de la Virgen celebra la concepción el 8 de diciembre y su nacimiento el 8 de septiembre, y como celebra la resurrección y la ascensión de Jesús, también celebra la Asunción y la realeza de la Virgen. San Andrés de Creta , refiriéndose al día del nacimiento de la Virgen, exclama: “Hoy, en efecto, ha sido construido el santuario del Creador de todas las cosas, y la creación, de un modo nuevo y más digno, queda dispuesta para hospedar en sí al supremo Hacedor” (Sermón 1: PG 97,810).

Las lecturas propuestas para la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María son: Mi/05/02-05; Rom 8 28-30; Mt 1,1-16,18-23. Expresan el trabajo de Dios, si así puede hablarse, para construir su templo, su morada, porque, según dice santa Matilde, Dios puso más cuidado en construir ese microcosmos que es María que en crear el macrocosmos que es el mundo entero. En María se pone de relieve, principalmente, el privilegio de la virginidad. La lectura de la carta a los Romanos (8,28-30) acentúa la predestinación divina y la colaboración del hombre al plan de Dios. La primera lectura y el evangelio acentúan en cambio la maternidad virginal a la que María está destinada para ser “digna Madre del Salvador”.

«El Nacimiento de la nueva Eva»

Alégrate, Adán, nuestro padre y sobre todo tú, Eva, nuestra Madre. Al mismo tiempo fueron nuestros padres y nuestros asesinos; vosotros que nos destinásteis a la muerte antes mismo de habernos dado a luz, consoláos ahora. Una de vuestras hijas – y ¡qué hija! – os consolará… Ven entonces, Eva, corre al lado de María. Que la madre recurra a su hija; la hija responderá por la madre y borrará su falta…Porque la raza humana será ahora elevada por una mujer.

¿Qué es lo que decían, Adán? ‘La mujer que me diste me dio del fruto del árbol y comí’. (Gn 3,12). Palabras de malicia son éstas que acrecientan tu culpa en vez de borrarla. Sin embargo, la divina sabiduría ha vencido a la malicia, pues aunque malograste la ocasión que Dios quería darte para el perdón de tu pecado cuando te preguntaba y hacía cargo de él, ha hallado en el tesoro de su indeficiente piedad arbitrios para borrar tu culpa. Te da otra mujer por esa mujer, una prudente en lugar de una insensata, una mujer humilde por esa orgullosa.

En vez del árbol de la muerte, te dará el gusto de la vida; en vez de aquel venenoso bocado de amargura, te traerá la dulzura del fruto eterno. Por tanto, Adán, muda las palabras de la injusta acusación en alabanzas y acción de gracias a Dios, y dile: Señor, la mujer que me has dado me dio el fruto del árbol de la vida, y comí de él; y ha sido más dulce que la miel para mi boca, porque en él me has dado la vida”. Es por esto que el ángel fue enviado a una virgen. ¡Oh Virgen admirable, digna de todas las honras! Oh mujer que tenemos que venerar infinitamente entre todas las mujeres, tú reparas la falta de nuestros primeros padres, tú das la vida a toda su descendencia.

(San Bernardo (1091-1153): Alabanzas a la Virgen Maria -homilía 2)

a) María es “la virgen que concebirá”. La profecía de Miqueas representa una de las profecías mesiánicas más conocidas. El profeta ha anunciado la ruina de los reinos del norte y del sur como castigo de sus pecados; pero en medio de las tinieblas he aquí que brilla una luz… ¡Siempre es así! Dios entregará a los hijos de Israel al poder de otro hasta que… El autor parece que se quiere hacer el misterioso, el enigmático, porque sabe que va a decir una cosa ya muy sabida: que de Belén de Éfrata “saldrá” el abanderado, el nuevo guía.

Verdaderamente, el autor piensa en Belén, patria de David, y en el Mesías, descendiente de David como si la historia se hubiese detenido y empezase otra vez con un nuevo David, el Mesías. Pero ya en los tiempos de Jesús (cf Mt 2,5-6) la expresión era entendida no sólo en el sentido teológico de un recomenzar la historia, sino en sentido geográfico verdadero y propio. Miqueas, de una manera que podría parecer cuando menos curiosa, presenta, más que al nuevo guía, a la mujer que lo va a dar a luz. Del guía dice que será un dominador que pastoreará con la gracia del Señor, y que su reino será un reino de paz universal.

De la madre dice palabras más maravillosas todavía y envueltas en un cierto halo de misterio, pero que sus contemporáneos ya estaban en condiciones de comprender y valorar: “…hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz” (5,2). Es evidente que Miqueas, y con él sus destinatarios, pensarían en el célebre oráculo de la álmah de Is 7,14s pronunciado unos treinta años antes. El mismo Vat II reconoce “apertis verbis” que la profecía de Miqueas encuentra cumplimiento en María: “Ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo, cuyo nombre será Emmanuel” (cf Is 7,14; Miq 5,2-3; Mt 1,22-23). “Ella misma sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que de Él esperan con confianza la salvación. En fin, con Ella, excelsa hija de Sión, tras larga espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se inaugura la nueva economía, cuando el Hijo de Dios asumió de Ella la naturaleza humana para librar al hombre del pecado mediante los misterios de su carne” (LG 55).

  b) María es la “madre del Hombre nuevo”. La segunda lectura esté tomada de Rm/08/28-30 y trata de la justificación que encuentra su culminación en la vida futura. En esta visión se inscribe el papel de la Virgen, destinada ab aeterno a ser la madre del Salvador, el alma colaboradora en toda la obra de la salvación. Hay que precisar que Pablo no separa nunca a Dios creador del Dios salvador, de modo que el hombre creatura está ligado al hombre que hay que salvar, y toda la creación, unida a su vez al hombre, está destinada asimismo a la salvación.

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Nuestra Señora Niña y su padre San Joaquín.

La creación entera está sometida a la vanidad o caducidad en el sentido de que el hombre está llamado a dar significado y valor a la creación, y cuando el hombre no se sirve de ella según los planes de Dios, las creaturas, violentadas, gimen y sufren. La creación, por tanto, está sometida al destino del hombre y, por consiguiente, está fundamentada sobre la condición, o sea sobre la esperanza de la liberación del hombre, liberación futura. Se trata de un mundo nuevo en gestación en el actual, y que supera a éste en plenitud.

El hombre deberá salvarse con la creación y en la creación; su quehacer de salvarse, con la gracia de Dios, se refiere a su alma y a su cuerpo, más aún: a todas las creaturas. El esfuerzo del hombre consiste en mejorar el mundo; por eso aquellos que aman a Dios colaboran en ello activamente. Es un quehacer extraordinario y comprometido. Para conseguir realizarlo, el hombre debe ser una copia de la imagen del Hijo de Dios: debe asociarse con Cristo, transformarse en él, asumiendo sus directrices y sus comportamientos.

En esta visión el nacimiento de la Virgen aparece íntimamente ligado a la salvación del hombre y de la creatura entera. María es verdaderamente la aurora de un mundo nuevo, mejor: del mundo nuevo tal como había sido pensado por Dios desde la eternidad. “Ella, la Mujer nueva, está junto a Cristo, el Hombre nuevo, en cuyo misterio solamente encuentra verdadera luz el misterio del hombre” (MC 57; GS 22).

c) “José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo”. El relato evangélico (Mt/01/01-16/18-23) presenta una genealogía de Jesús a primera vista no necesaria, y refiere cómo José asume la paternidad legal de Jesús. Después de haber relatado lo referente al nombre del protagonista de su evangelio, Jesucristo, Mateo nos ofrece una demostración de la realidad singular del mismo con una genealogía voluntariamente artificiosa: el mismo número “14” (7 + 7) de los tres grupos en que subdivide la prehistoria de Cristo indica perfección y plenitud. En nuestro caso la perfección es la providencia especial de Dios en la disposición de la historia salvífica, que culmina en Cristo: historia presentada en sus orígenes, en sus momentos más importantes y en su coronamiento y plenitud.

Justamente aquí se inscribe el papel de la niña cuyo nacimiento hoy celebramos: ella es la Virgen, destinada por Dios a ser la madre y la válida colaboradora del Salvador. Y por eso, acercándose a su cuna, la iglesia pide como gracia suprema el don de la unidad y de la paz; paz que según los hebreos, es el conjunto de todos los bienes mesiánicos (shalom): “Concede, Señor, a tus hijos el don de tu gracia, para que, cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la maternidad de la Virgen María, consigamos aumento de paz en la fiesta de su nacimiento”. (·MEAOLO-G. _DICC-DE-MARIOLOGIA. Págs. 1466-1470).

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Los Evangelios nada dicen sobre su natividad. Ninguna
profecía, ni apariciones de ángeles, ni señales extraordinarias
son narrados por los Evangelistas.

Esta fiesta destaca de la forma corriente de las festividades de los santos en la iglesia, en cuanto que ésta ordinariamente no celebra los natalicios, diferenciándose radicalmente en esto de lo que ocurría en el mundo antiguo, en el cual se celebraban con gran pompa los días natalicios de los poderosos -por ejemplo, de un césar o de un augusto- como días de «evangelio» o venturosos, como días de salvación. Sin embargo, la iglesia, en contra de ellos, sostiene que sería sencillamente precipitado el celebrar el día del nacimiento, puesto que existe mucha ambigüedad acerca de la vida de los hombres. A partir del nacimiento, no se sabe realmente nada sobre si esa vida será motivo para celebrarla o no: sobre si ese hombre se sentirá un día orgulloso y alegre de haber nacido; sobre si el mundo podrá mostrar alegría porque ha nacido ese hombre o si hubiera deseado lo contrario.

La iglesia, en cambio, celebra el día de la muerte: solamente aquél que ante la muerte, con toda la seriedad de su juicio, puede agradecer la vida, solamente aquél cuya vida puede ser aceptada también del otro lado de la muerte, solamente la vida de ése se celebra.

De esta regla fundamental hay en la iglesia sólo tres excepciones, o mejor, una sola excepción a la que corresponden de una forma indisoluble otras dos que también se celebran. La excepción es Cristo. Sobre su nacimiento no aparece ninguna ambigüedad, sino que se escucha un cántico de alabanza: gloria a Dios en las alturas. El que, como Dios, se hizo hombre es aquél cuyo nacimiento sólo se apoya en el puro amor, el cual puede celebrarse ya en su nacimiento. Más aún: su nacimiento es en fin de cuentas el motivo de que nosotros los hombres tengamos «algo para reír», de que nosotros podamos celebrar fiesta y no necesitemos ya temer, de que la vida, como un todo, sólo sea un juego de la muerte e, incluso en sus momentos más fuertes, solamente una mancha sobre la alegría.

Por aquél que nació en Belén, y solamente por Él, se hizo la vida humana prometedora y llena de sentido. A Él pertenece Juan el Bautista, cuyo nacimiento también se celebra: él nació sólo para llevar delante la antorcha; el nacimiento de Jesús es el motivo interno y el comienzo de su nacimiento. La otra excepción es María, la madre, sin la cual no se podría dar el nacimiento de Jesús.

Ella es la puerta, por la que Él entró en el mundo, y esto no sólo de un modo externo: ella lo concibió según el corazón, antes de haberle concebido en el vientre, como dice muy acertadamente San Agustín. El alma de María fue el espacio a partir del cual pudo realizarse el acceso de Dios a la humanidad. La creyente que llevó en sí la luz del corazón, trastocó, en oposición a los grandes y poderosos de la tierra, el mundo desde sus cimientos: el cambio verdadero y salvador del mundo sólo puede verificarse por las fuerzas del alma.

                                                   (Trechos Homilía del Cardenal J. Ratzinger – SS. Benedicto XVI)