Una época que está habituada a velocidades casi ilimitadas acostumbra a sus hijos a que reciban informaciones breves y sintéticas, en las que la saludable reflexión de antaño va perdiendo terreno y en muchas ocasiones da lugar a una desenfrenada ansia de novedades. Ahora bien, esto puede hacer que el hombre sea propenso a ver cómo su fe va menguando por falta de profundización en el conocimiento de las realidades sobrenaturales.

Tal vez por eso es explicable la dificultad que existe actualmente a la hora de abordar asuntos que deberían ser muy conocidos por los fieles. Y lo son, pero de una forma tan superficial que casi equivale a un desconocimiento completo.

Una definición aparentemente sencilla

Si le preguntamos, por ejemplo, a un asiduo frecuentador de la iglesia cuáles son los beneficios de una Misa, ¿obtendríamos una respuesta satisfactoria? Tengamos en cuenta que nos estamos refiriendo a algo profundamente vinculado a la rutina dominical de un buen cristiano… Y si queremos indagar sobre el misterio de la Sagrada Eucaristía, ¿cuántos serían capaces de exponernos esta verdad de fe? Alguien más avispado diría: “¡La respuesta está en la Biblia! La Eucaristía es la ‘Cena del Señor’, instituida ‘en la noche en que iba a ser entregado’ (1 Co 11, 23), conforme las palabras del propio Salvador: ‘Tomad, comed: esto es mi cuerpo’ (Mt 26, 26), ‘que se entrega por vosotros’ (1 Co 11, 24). Y luego tomó un cáliz y se lo dio a sus discípulos diciendo: ‘Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados’ (Mt 26, 27-28)”.

A simple vista, una respuesta completa… Sin embargo, dos milenios no le han sido suficientes a la Iglesia Católica para extraer todos los tesoros que esa definición, aparentemente sencilla, contiene. Ya sólo en ella podemos ver que aparecen las tres dimensiones del misterio eucarístico: “Tomad, comed”, Sacramento- Comunión; “esto es mi cuerpo”, Sacramento-Presencia; “que se entrega por vosotros”, Sacramento- Sacrificio.1

Misa en la basílica de Nuestra Señora del Rosario, Caieiras (Brasil)
La Eucaristía fortalece los vínculos de unión entre los que son
hermanos en Cristo; es un “signo de unidad”.

Las tres dimensiones de la Sagrada Eucaristía

De hecho, la Eucaristía podría ser comparada a un triángulo equilátero: si ampliamos o disminuimos alguno de sus lados, deja de ser equilátero. De manera similar, debe haber un equilibrio perfecto entre esos tres aspectos del sacramento de la Eucaristía. Si se enfatiza uno excesivamente en detrimento de los otros dos, se corre el riesgo de que dicho sacramento pierda su identidad. A lo largo de la Historia, la Santa Iglesia ha tenido por bien destacar uno u otro aspecto de la Sagrada Eucaristía, sea para refutar herejías, sea para atender a deseos de los fieles o a conveniencias pastorales, a fin de poner en su debido equilibrio la doctrina acerca de esa augustísima institución de Cristo. Conviene señalar que la Iglesia ha destacado ora un aspecto, ora otro, pero sin distorsionar la realidad del sacramento.

De gran provecho para nuestra virtud de la fe será el hecho de detenernos unos instantes en cada uno de esos tres aspectos del Santísimo Sacramento. Empecemos, pues, por el primero: la Eucaristía como Comunión, siguiendo así el orden de las palabras divinas en el momento de la institución, “Tomad, comed”.

Elemento de unión entre diferentes naturalezas

Cuando hablamos de Comunión, nos viene a la mente la idea de banquete, unido a una estrecha convivencia, familiar, amigable, en torno a una mesa llena de manjares y caridad fraterna. Propiamente un ágape.2 A la mesa, de hecho, se restauran las fuerzas, pero también se suelen consolidar las amistades, se dan gracias por los beneficios recibidos, se solidifica la unión familiar y puede ser decidido el destino de los pueblos. En el Antiguo Testamento ya nos encontramos con elocuentes pasajes que muestran esa íntima relación entre convivencia y alimento.

Recordemos la Pascua hebrea, donde familiares y vecinos convivían con extranjeros, suspendiendo temporalmente sus disputas y discrepancias. Juntos comían hierbas amargas, en memoria de los dolores pasados, y panes ázimos, en recuerdo de las prisas del éxodo, ocasión ésta en la que no había ni tiempo para que la masa del trigo fermentara.

Por otra parte, Abrahán llegó a ofrecerle pan y una comida con aroma sacrificial a tres misteriosos mensajeros celestiales para que recobraran las fuerzas (cf. Gn 18, 2.5-8). En otro pasaje, un ángel fue en socorro del fatigado e ígneo profeta del Carmelo, Elías, que recuperó sus fuerzas después de haber comido un pan, cocido sobre piedras calientes, que le había preparado el angélico sirviente (cf. 1 R 19, 5-8).

Es curioso observar ese sublime intercambio: ángeles alimentados por hombres, hombres por ángeles, y el alimento que sirve de elemento de unión entre naturalezas tan diferentes… ¿Qué decir entonces cuando Dios mismo sirve al hombre con “pan del cielo” (Ex 16, 4), el maná, alimento que revigorizó al pueblo de la alianza durante cuarenta años, a fin de que soportase las dificultades y los horrores de la peregrinación? Sin duda, esos episodios son figuras de la Eucaristía,3 alimento de la nueva alianza, “verdadero Pan del Cielo” (Jn 6, 32), por medio del cual Él se da en alimento a los hombres.

Verdadero alimento para el cuerpo y para el alma

El Creador estableció que la nutrición fuera el medio de sustento para la vida humana, pero también quiso valerse de él como una imagen de algo muy superior en el plano sobrenatural, la vida de la gracia. Mientras que el alimento material da nuevo vigor al cuerpo, y desempeña un papel fundamental en la vida social, la Eucaristía nutre al alma y es el medio insuperable de convivir, en esta tierra, con el propio Dios y con nuestros hermanos en la fe.

La Eucaristía es, como nos enseña Jesús en el Evangelio, un alimento genuino: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 55). Por lo tanto, ejercen una acción determinada sobre el que comulga, de forma análoga a lo que ocurre con el alimento corporal. No obstante, es necesario distinguir los efectos de uno y de otro. Cuando alguien se sirve del alimento corporal, éste es transformado por el que lo ingiere y se hace parte integrante del cuerpo de quien lo ha recibido. Como reza el dicho clásico: “El hombre es lo que come”…

Así, por ejemplo, si necesitamos vitamina C, buscamos una dieta adecuada, donde no puede faltar la naranja o la acerola; o cuando necesitamos hierro, vamos en busca de alimentos ricos en ese elemento.

Efecto cristológico de la Eucaristía

Pero cuando comulgamos el cuerpo y la sangre del Señor, no somos nosotros los que lo asumimos, sino que somos transformados por Él, puesto que es un ser infinitamente superior a nosotros, y llegamos a convertirnos, en cierto sentido, en el divino alimento que hemos recibido. Comulgando podemos entender mejor la exclamación del Apóstol: “no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20).

Ése es el primer efecto que produce en nosotros la Sagrada Comunión, el efecto cristológico, el cual tal vez sea el que toque más hondamente nuestra sensibilidad, porque Jesús asume, por ese medio, la carne de quien recibe la suya. “Manjar soy de grandes: crece y me comerás. Ni tú me mudarás en ti como al manjar de tu carne, sino tú te mudarás en mí”,4 dice San Agustín. Y San Cirilo de Jerusalén asegura que al recibirlo “nos hacemos concorpóreos y consanguíneos con Cristo”.5 Ésa es, sin duda, la unión más arraigada que los cristianos pueden tener con el Señor.

Eucaristía
La Eucaristía es “banquete pascual,
en el cual se come a Cristo, el alma
se llena de gracia y se nos da una
prenda de la gloria venidera”.

Mediante Cristo, nos unimos entre nosotros

El segundo efecto de la Sagrada Comunión en el alma del comulgante es el eclesiológico: la Eucaristía fortalece los vínculos de unión entre los que son hermanos en Cristo. Es “signo de unidad”. La misma materia del sacramento -pan y vino- sirvió de inspiración a los Padres de la Iglesia para llegar a esta conclusión: al igual que el pan está compuesto por muchos granos de trigo y el vino por muchas uvas, así también los cristianos, aun siendo muchos y diferentes, forman parte de un solo Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia Católica.

El padre Antonio Vieira, sirviéndose del pasaje del Evangelio que dice “el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6, 56), comenta: “Si la unión [con Cristo] fuera una sola, bastaba decir: in me manet [habita en mí] o ego in illo [yo en él]; pero dijo in me manet, et ego in illo doblemente, para significar las dos uniones que obra ese misterio: una unión inmediata, con la que nos unimos a Cristo, y otra unión mediata, con la que, mediante Cristo, nos unimos entre nosotros”.6

Así, cuando recibimos la Sagrada Comunión, con las debidas disposiciones de alma, nos unimos, en Cristo y en la Iglesia, a todos los que dignamente reciben el Santísimo Sacramento, aunque estemos físicamente distantes, porque la vida de la gracia nos hace sarmientos de la misma vid (cf. Jn 15, 5) y miembros del mismo cuerpo, según las palabras del Apóstol: “El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan” (1 Co 10, 16-17).

Es prenda de vida eterna

Cristo con la Eucaristía - Museo de Arte Religioso, Puebla (México)
Jesús no podría haber dicho en la
Última Cena “esto es mi cuerpo” o
“este es el cáliz de mi sangre”,
si no hubiera recibido un cuerpo
de las entrañas de María Santísima.

La Eucaristía es, por tanto, “sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera”.7 Éste es el tercer efecto que la comunión produce en nosotros, llamado escatológico, porque se refiere a los últimos acontecimientos del hombre: muerte, juicio y salvación o condenación eternas. Prenda es la entrega de un objeto como garantía de que se cumplirá cierta promesa hecha a alguien. Por ejemplo, cuando se necesita un préstamo bancario, se puede empeñar una joya; después de valorarla, se recibe determinada cantidad y la institución financiera retiene dicha pieza como fianza de que se pagará el préstamo.

Ahora bien, la afirmación de que la Eucaristía es “prenda de la gloria venidera” implica un significado esperanzador: siempre que comulgamos, en las debidas condiciones, recibimos la prenda de pasar por el juicio divino y alcanzar la vida eterna, respaldados por la afirmación del divino Maestro: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6, 54). Pero para ello la muerte ha de cogernos en las disposiciones de alma necesarias para ser aptos de recibir la Eucaristía, en ese postrer momento, aunque sea por deseo.

La Santa Iglesia siempre ha incentivado que, en peligro de muerte, los cristianos reciban la Sagrada Comunión.8

Sacramento que, in extremis, recibe el nombre de Viático. Así se llamaba el alimento reservado para un largo viaje y de ahí deriva el nombre de esa última comunión, administrada a quien parte definitivamente hacia la Patria celestial.

El III Concilio de Cartago (397) prohibió la costumbre difundida entre algunos cristianos de poner una hostia consagrada en la boca de los difuntos antes de que los enterraran. Mediante tal práctica se creía que los fallecidos llevarían la prenda de la salvación eterna. Actitud, sin duda, reprobable e ingenua, pues se trataba de cadáveres, desprovistos de alma. Sin embargo, no deja de revelar cómo los cristianos tenían presente, ya en aquel tiempo, el valioso efecto escatológico de la comunión.

El papel de la Santísima Virgen

Trazados algunos aspectos de la primera dimensión de la Eucaristía, dejemos las otras dos para posteriores artículos. Pero, antes de concluir, detengámonos en hacer una referencia a la Virgen, porque ese augustísimo sacramento, en cierto sentido, está en “continuidad con la Encarnación”.9

En la Última Cena, Jesús no podría haber dicho “esto es mi cuerpo” o “este es el cáliz de mi sangre”, si no hubiera recibido un cuerpo de las entrañas de María. Al concebirlo físicamente, nuestra Señora preparó y, en algo, anticipó la Sagrada Comunión, tanto por haber contribuido con la realidad física del Hombre-Dios, como por haber habitado Él en el interior de su claustro virginal, durante nueve meses.

Así pues, que nuestro “amén”, al recibir la Sagrada Comunión, también sea una continuidad de la fe de la Santísima Virgen, cuando respondió “hágase” al llamamiento del ángel, mediante el cual le anunciaba que el mismo Dios sería fruto de su vientre.

Autor : P. Alex Barbosa de Brito, EP

1 Cf. SAN JUAN PABLO II. Redemptor hominis, n.º 20. 2 Ágape (?γ?πη), en griego, es el amor mismo de Dios (1 Jn 4, 8 – ?γ?πη του Τηεου). En la Eucaristía, “ágape de Dios”, Él “nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros” (BENEDICTO XVI. Deus caritas est, n.º 14).
3 Cf. CCE 1094.
4 SAN AGUSTÍN. Confessionum. L. VII, c. 10, n.º 16: ML 32, 742.
5 SAN CIRILO DE JERUSALÉN. Catechesis Mystagogica IV, n.º 1: MG 33, 1098.
6 VIEIRA, SJ, Antonio. Sermón del Santísimo Sacramento. En Santa Engracia, año 1662. In: Sermões. Lisboa: Miguel Deslandes, 1692, v. VII, p. 97.
7 CONCILIO VATICANO II. Sacrosanctum Concilium, n.º 47.
8 Cf. CIC 921.
9 SAN JUAN PABLO II. Ecclesia de Eucharistia, n.º 55.

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