No cabe duda de que el testimonio más vivo del paso del Hijo de Dios por este mundo, en “la plenitud del tiempo” (Ga 4, 4), son los Santos Evangelios.

Sin embargo, no dicen nada acerca de su infancia y su juventud en el seno de la Sagrada Familia, en Nazaret. San Lucas es el único evangelista que rompe ese silencio cuando narra el episodio del viaje a Jerusalén con motivo de la Pascua, cuando Jesús tenía 12 años.

La pérdida y el hallazgo del Niño Jesús en el Templo

En el camino de vuelta, “San José y la Santísima Virgen, no viendo al niño a su lado, creyeron cada uno por su parte que iría en compañía del otro”,1 pensando que estaba en la comitiva. Esto no es raro, porque la costumbre entre los israelitas era que las mujeres viajaran separadas de los hombres y un niño de esa edad podía estar tanto con el padre como con la madre. Por otra parte, habría que haber visto la salida de una caravana oriental de aquellos tiempos para comprender el bullicio y la agitación que se formaba, entre animales, ancianos, adultos y niños, cargas e incidentes. Así que al final de la jornada, “cuando hicieron alto para pasar la noche, y los miembros de cada familia se reunieron en un campamento común, pudieron comprobar con certeza María y José la desaparición del Niño Jesús”.2

Niño Jesús en el Templo
Encuentro del Niño Jesús en el Templo Santuario
del Sagrado Corazón de Jesús, São Paulo (Brasil).

Preocupados, “se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos, al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo” (Lc 2, 44- 45).

Finalmente, al llegar al Templo lo hallaron en medio de los maestros y doctores de la Ley, escuchando y haciendo preguntas. “Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba” (Lc 2, 47). Cuando sus padres lo vieron “se quedaron atónitos, y le dijo su madre: ‘Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados’.

Él les contestó: ‘¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais Padre?’ ” (Lc 2, 48-49).

Tras leer este pasaje del Evangelio, surge inevitablemente una pregunta: ¿Por qué decidió el divino niño abandonar a sus padres sin avisarles, dejándolos con la ansiedad de reencontrarlo y pensando que quizá lo habían perdido para siempre?

Considerando que todo en la Sagrada Escritura tiene un profundo significado, cabe aquí otra cuestión: ¿Qué enseñanza nos aporta este singular episodio?

Al igual que el sol, así actúa la gracia divina en nosotros

Para que entendamos mejor cómo se aplica a nuestra vida espiritual, analicemos el estilo de un célebre pintor francés del siglo XVII: Claude Lorrain.

Sus obras tienen un colorido rico, matizado y vibrante por la singular habilidad que poseía para representar la luz del sol. Gracias a ella, escenas campestres y paisajes de gran sencillez adquieren aspectos paradisiacos. Es curioso ver “que su especialidad era pintar muros viejos, defectuosos, dañados, que habían perdido trozos de yeso y los ladrillos se volvían aparentes, sobre los cuales, no obstante, bate un sol magnífico”.3

Y la luz del astro rey le confiere a la pared derruida algo de su propio valor. Al igual que el sol, así actúa la gracia divina en nosotros. Incluso estando abatida por las dificultades y tempestades, nuestra alma se reviste de mágicos colores cuando una gracia sensible la hace brillar. Lo que antes se presentaba árido o difícil se convierte en bello y atrayente. Pero cuando esa gracia se retira nos sentimos como uno de los muros de las pinturas de Claude Lorrain sin la luz del sol: feos y desgastados por el paso del tiempo.

La gracia santificante continúa sustentándonos, pero no somos capaces de verla. La pérdida de esa visión sobrenatural “puede ocurrir por culpa nuestra, porque hemos cedido a nuestros egoísmos, caprichos y manías. O por decisión de Dios que, en sus insondables designios, quiere ponernos a prueba: después de colmarnos con sus dones, de favorecernos con maravillosas situaciones a la manera de la pintura de Claude Lorrain, permite que todo se apague de repente”.4

Cuando la luz de la gracia parece que se apaga…

Paisaje con Apolo y la Sibila de Cumas, por Claude Lorrain - Museo del Hermitage, San Petesburgo
Cuando esa gracia se retira nos sentimos como uno de
los muros de las pinturas de Claude Lorrain sin la luz del sol.

En las Escrituras encontramos varios pasajes que nos muestran que Dios manda pruebas para que los hombres se enmienden, porque Él no se complace “en la muerte del malvado, sino en que el malvado se convierta y viva” (Ez 33, 11).

En el Antiguo Testamento, por ejemplo, leemos en el Libro de los Proverbios: “Hijo mío, no rechaces la reprensión del Señor, no te enfades cuando Él te corrija, porque el Señor corrige a los que ama, como un padre al hijo preferido” (3, 11-12).

Y en el Nuevo Testamento, en la Epístola a los Hebreos: “Soportáis la prueba para vuestra corrección, porque Dios os trata como a hijos” (12, 7).

Así pues, como ocurrió con la Virgen y San José en el viaje a Jerusalén -en su caso absolutamente sin culpa- “hay momentos de nuestra existencia en los cuales tenemos la sensación de haber ‘perdido al Niño Jesús’, es decir, con culpa nuestra o sin ella, la consolación espiritual desaparece y nos sentimos desamparados”.5

Señales para discernir los períodos de aridez

Por consiguiente, bien podemos comparar las situaciones de aridez a los días que primeramente se presentan claros y radiantes y luego pasan a nublados y tenebrosos, porque ya no vemos el sol, a pesar de que continúa brillando detrás de las nubes.

En esas circunstancias el alma se cree abandonada de verdad. Al quedar todo oscuro, se imagina cubierta de manchas, digna de los peores castigos, y puede llegar a pensar que ha perdido a Jesús para siempre. Afirma San Francisco de Sales: “Muchas veces sucede que no sentimos ningún tipo de consuelo en los ejercicios del amor sagrado, sobre todo porque, como cantores sordos, no oímos nuestra propia voz, ni podemos gozar de la suavidad de nuestro canto; al contrario, aparte de esto, nos sentimos acosados de mil temores, turbados de mil estrépitos que el enemigo hace en torno de nuestro corazón, sugiriéndonos que quizá no somos agradables a nuestro Maestro, y que nuestro amor es inútil o incluso falso y vano, pues no nos produce ningún consuelo”.6

Y el demonio puede aprovecharse de esas situaciones para desanimar al individuo, que se queda con la falsa impresión de que Dios ya no le ama.

Ahora bien, es necesario discernir la prueba para no sucumbir en la tentación y, en cambio, fortalecerse en la fe. Un comentarista de San Juan de la Cruz explica las tres señales que este maestro de vida espiritual nos da para que distingamos los períodos de aridez: no se halla gusto ni consuelo en las cosas de Dios o en las cosas creadas; de aquí se deriva desasosiego, porque uno cree que no está sirviendo a Dios; la oración se hace penosa e insípida: en lugar de pensar en Dios, uno lo desea y Él, sin embargo, parece que se esconde.

“Cualquier reflexión no conducirá a nada. Incluso poniendo todo nuestro esfuerzo, tan sólo se siente sequedad”.7

Noches oscuras que purifican el alma

Puesta de sol, vista desde la casa Lumen Coeli, de los Heraldos del Evangelio, Mairiporã (Brasil)
El demonio puede aprovecharse de esas situaciones  para desanimar al individuo, que se queda con la  falsa impresión de que Dios ya no le ama.

No debe sorprendernos, por tanto, la existencia de períodos de aridez en nuestro camino rumbo a la perfección, como escribe Kempis: “Nunca hallé hombre tan religioso y devoto que alguna vez no tuviese apartamiento de la consolación divina o sintiese disminución del fervor. Ningún santo fue tan altamente arrebatado y alumbrado que antes o después no haya sido tentado. Pues no es digno de la alta contemplación de Dios, el que no es ejercitado en alguna tribulación”.8

Hasta los grandes bienaventurados han pasado por lo que San Juan de la Cruz llama “noche oscura”. Ésta es “una influencia de Dios en el alma, que la purga de sus ignorancias e imperfecciones habituales, naturales y espirituales, que llaman los contemplativos contemplación infusa o mística teología, en que de secreto enseña Dios al alma y la instruye en perfección de amor, sin ella hacer nada ni entender cómo”.9

Tanquerey nos presenta cuatro motivos por los cuales Dios nos prueba a través de las sequedades y arideces: el primero de ellos es para “desasirnos de las criaturas, y hasta del placer mismo que hallamos en la piedad, para que pongamos todo nuestro empeño en amar sólo a Dios, y por Él solo”; el segundo tiene el fin providencial de humillarnos, “dándonos a conocer que no merecemos por nosotros los consuelos, sino que son dones esencialmente gratuitos”; con ellas también nos purifica de las faltas pasadas y de las afecciones presentes y de toda mira egoísta; y, por último, nos confirma en la virtud, porque “para seguir orando y haciendo el bien, es menester ejercitar con energía y constancia la voluntad”.10

Los períodos de prueba hacen que el ser humano se desapegue de lo que no es Dios, purifican el alma por el sufrimiento, moviéndonos a desear el Cielo y la perfección, “siempre que el alma use de esas pruebas para volverse a Dios”.11

¿Cómo vencer la prueba?

La aridez espiritual, por tanto, suele indicar más que una falta de virtud, una predilección de Dios para llevar al alma a unirse más con Él, como María Santísima y San José.

Imagen del Inmaculado Corazón de María que pertenece a los Heraldos del Evangelio.
Cuando el sol parece que seesconde, “detrás de las nubes la Virgen acompaña
nuestra alma, con qué amor…”

Pero no debemos olvidar que “Dios, que quiere nos sometamos a la prueba, también quiere que busquemos la salida”. 12

Cuando el Niño Jesús desapareció, el santo matrimonio empezó a buscarlo enseguida, y lo encontró en el Templo: “Este hecho es una indicación, ha de orientar nuestras búsquedas. No es en los grandes caminos, no es en las plazas públicas, tampoco entre los parientes y los más próximos donde se encuentra Jesús: es en el Templo.

Bajo este nombre transparente, es necesario leer: recogimiento, espíritu de fe, pureza de intención, cualquier disposición donde Dios se halla”.13

Entonces, ¿qué hacemos “cuando percibimos la ausencia de gracias sensibles, de aquello que nos alentaba y sostenía para practicar la virtud”? Hay que “ir en pos del Niño Jesús, es decir, salir en busca de la gracia sensible si ésta se retira. Cuando estemos afligidos en la aridez, debemos buscar a Jesús junto al Santísimo Sacramento”.14

El divino Redentor, desde el sagrario, “dice a todos los que sufren, andan necesitados o padecen: ‘Venid a mí, que yo os aliviaré’. Él es siempre el Buen Samaritano, el divino médico de nuestras almas, que las curará de todas las llagas del pecado y purificará y santificará nuestro cuerpo con su Cuerpo Santísimo.

Sigue siendo el Buen Pastor que ama a sus ovejas, las alimenta con su Carne y Sangre”.15 Tengamos la certeza de que María Santísima -que en el momento de la prueba conservó “todo esto en su corazón” (Lc 2, 51)- nos ayudará a encontrar a Jesús.

Y sepamos que cuando el sol parece que se esconde, “detrás de las nubes la Virgen acompaña nuestra alma, con qué amor. Está dentro de nosotros por su acción y por su gracia. Está dentro de nosotros y nos ayuda”.

Aun teniendo culpa, recémosle con toda confianza: “En cualquier caso, caminaré en lo oscuro y en las tinieblas. Podré sentirme abandonado por todos e incluso por Dios. Pero Dios no me abandonará y en mi alma no morirá la convicción de que su Madre reza por mí desde el Cielo, que Ella lo puede todo y consigue todos los perdones”.16

 

1 SAN BEDA, apud SANTO TOMÁS DE AQUINO. Catena Aurea. In Lucam, C. II, vv. 42-50.
2 FILLION, Louis-Claude. Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Infancia y Bautismo. Madrid: Rialp, 2000, v. I, p. 213.
3 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Feerias de Sol, belezas de Deus. In: Dr. Plinio. São Paulo. Año III. N.º 22 (Enero, 2000); p. 33.
4 Ídem, p. 34.
5 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. Como encontrar Jesus na aridez? In: O inédito sobre os Evangelhos. Città del Vaticano-São Paulo: LEV; Lumen Sapientiæ, 2012, v. V, pp. 140-141.
6 HUGUET, SM, Marie-Joseph (Org.). Pensamentos consoladores de São Francisco de Sales. 2.ª ed. São Paulo: Salesiana, 1926, pp. 131-132.
7 STINISSEN, Wilfried. A noite escura segundo São João da Cruz. 2.ª ed. São Paulo: Loyola, 2001, p. 14.
8 KEMPIS, Tomás de. Imitación de Cristo. L. II, c. 9, n.º 7.
9 SAN JUAN DE LA CRUZ. Noche oscura. L. II, c. 5, n.º 1.
10 TANQUEREY, Adolphe. Compêndio de teologia ascética e mística, n.º 926. 6.ª ed. Porto: Apostolado da Imprensa, 1961, pp. 441-442.
11 Ídem, n.º 428, p. 210.
12 BEAUDENOM, Léopold. 76e Méditation. Jésus perdu et retrouvé. In: Méditations affectives & pratiques sur l’Évangile. París: Mignard, 1912, t. I, p. 380.
13 Ídem, 77e Méditation, p. 389.
14 CLÁ DIAS, op. cit., p. 141.
15 SAN PEDRO JULIÁN EYMARD. A Divina Eucaristia: Extratos dos escritos e sermões. São Paulo: Loyola, 2002, v. V, pp. 120-121.
16 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 17/8/1985.