La teología profundizó de forma admirable, a lo largo de los siglos, la divina misión de san José y describió con riqueza de detalles las gracias que la Providencia le concedió.

Los principales trazos de la vida del santo esposo de la Virgen María llegan hasta nosotros en los primeros capítulos del primer y tercer evangelios 1.

Según varios autores, entre ellos san Justino 2, san José era originario de Belén —la ciudad de David— su antepasado, situada diez kilómetros al sur de Jerusalén. Más tarde fue a vivir a Nazaret, ciudad en la cual, por obediencia a la voz del ángel, se estableció nuevamente al volver de Egipto, cumpliéndose así lo que de Jesús decían los profetas: “Será llamado Nazareno” (Mt 2, 23).

Mateo (13, 55) y Marcos (6, 3) lo designan como téktón , lo que significa tanto carpintero cuanto artesano o constructor de pequeñas casas.

Perfil moral del santo Patriarca

Pocos son, en consecuencia, los datos directos que nos refieren los Evangelios sobre san José. Mientras tanto, al haber sido escogido por Dios por esposo de María, la “llena de gracia”, y digno custodio del Verbo Encarnado, no podemos dudar de que él fue dotado con dones y virtudes extraordinarios, que van mucho más allá del breve relato de Marcos y Mateo.

En este sentido, san Alberto Magno lo exalta diciendo: “Hizo de su corazón y de su cuerpo un templo al Espíritu Santo…, en el cual se ofreció a sí mismo a Dios y, en sí mismo, la más perfecta castidad de cuerpo y alma, el más aceptable y agradable sacrificio a Dios” 3 .

Y el Papa León XIII en una encíclica dedicada a san José nos muestra cómo su matrimonio con la Santísima Virgen lo hacía partícipe de la gracia de Ella.

José es el esposo de María y padre legal de Jesús. De esta fuente ha manado su dignidad, su santidad, su gloria.

Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime. Mas, porque entre la santísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad —al que de por sí va unida la comunión de bienes— se sigue que, si Dios ha dado a José como esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de Ella 4.

I – El evangelio de la solemnidad

El pasaje del evangelio más significativo respecto del esposo de María fue escogido por la Iglesia como segunda lectura propia de la solemnidad de san José. Tomado del evangelio de Mateo (1, 18-24), al recorrerlo, sentimos el estilo claro, breve, exacto, hasta musical, con que los autores sagrados narran las maravillas de la salvación.

Analicemos uno a uno esos seis poéticos versículos:

Se trata de cómo nació Jesucristo: María, su Madre, estaba desposada con José, antes de cohabitar, sucedió que Ella concibió por virtud del Espíritu Santo.

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Jamás hubo en San José duda alguna en cuanto a la santidad de María.

El término “desposada” merece una explicación, que nos la da el docto Padre Ricciotti: “ El matrimonio entre los judíos se realizaba en dos etapas: el compromiso (en hebraico kiddushin o erusin) no era una mera promesa, como hoy, sino un contrato legal perfecto, o sea, verdadero matrimonium ratum.

Por tanto, la mujer prometida en casamiento era esposa en el sentido pleno y podía recibir el libelo de repudio. Y en caso de muerte era verdadera viuda.

Cumplido este compromiso matrimo nial, los prometidos – esposos permanecían en sus respectivas familias durante cierto tiempo que acostumbraba a ser de un año […] este tiempo era empleado en los preparativos de la nueva casa y del mobiliario familiar” 5 .

José, su marido, que era un hombre justo

La palabra “justo” tiene aquí un valor muy grande. san Alberto Magno comenta así: “san José fue varón perfecto, en lo referente a la justicia, por la constancia de su fe; en cuanto a la templanza, por la virtud de su castidad; en cuanto a la prudencia, por la excelencia de su discreción; en cuanto a la fortaleza, por la energía de su acción. Así, matrimopues, encontramos en él las cuatro virtudes cardinales en grado excelente” 6.

Consideraremos más adelante las virtudes de san José, damos continuación ahora al relato de Mateo.

José jamás dudó de la integridad de María

…y, no queriendo difamarla, resuelve dejarla secretamente.

Es importante destacar que dentro de esta gran perplejidad jamás hubo en san José duda alguna en cuanto a la santidad de María. Esta santidad le era evidente, no sólo por ser notoria para cualquiera, sino porque José fue dotado por Dios —una vez que había sido escogido para ser el padre adoptivo de Jesús— con dones especiales para discernir todas las virtudes que adornaban el alma de la Virgo Virginum.

El Sensum fidei nos lleva, por tanto, a concluir que no es posible que José dudara de Ella. Concomitante con eso, veamos también lo que comentan al respecto de este pasaje algunos grandes doctores.

Dice santo Tomás que José conocía la santidad de María, lo que le hacía sentirse demasiado pequeño: “José no quiso abandonar a María para tomar otra esposa, o por alguna sospecha, sino porque temía, en su humildad, vivir unido a tanta santidad; por eso le fue dicho ‘No temas’ (Mt 1, 20)” 7.

A su vez, el doctor melifluus, san Bernardo, exclama, al unísono con santo Tomás: “¿Pero por qué querría dejarla? Considerad sobre este punto, no mi propio pensamiento, sino el de los Padres de la Iglesia. Si José quiso abandonar a María, lo hizo movido por el mismo sentimiento que llevó a san Pedro a decir, cuando buscaba apartar al Señor lejos de sí: ‘Apartaros de mí, porque soy un hombre pecador’ (Lc5, 8); y el centurión, disuadiendo al Salvador de ir a su morada, afirmar: ‘Señor, yo no soy digno de que entréis en mi casa’ (Mt 8, 8).

Fue, pues, llevado por ese pensamiento que José también, juzgándose indigno y pecador, se decía que no debía vivir por más tiempo en familiaridad con una mujer tan perfecta y tan santa, cuya admirable grandeza le sobrepasaba y le inspiraba pavor. Él veía con una especie de asombro que Ella estaba embarazada de la presencia de un dios, y, no pudiendo penetrar en ese misterio, había hecho el propósito de dejarla” 8.

¡El motivo del deseo de irse, por tanto, no era una duda sobre la integridad de María, sino, por el contrario, su insondable veneración y humildad delante de la grandeza de Ella!

Mientras José pensaba en eso, el ángel del Señor se le apareció, en sueños, y le dijo: “José, Hijo de David, no tengas miedo de recibir a María como tu esposa, pues el hijo que ella espera proviene del Espíritu Santo”.

Resuelto el misterio, todo queda claro. Es ésta una verdadera “anunciación” a José, la cual se relaciona armoniosamente con la Anunciación del ángel Gabriel a María” 9.

El nombre Jesús

Ella dará a luz un hijo, y tú le darás por nombre Jesús, pues Él va a salvar a su pueblo de sus pecados.

Era, de hecho, atribución del padre, en la ley judaica, dar el nombre al hijo. En el evangelio, por ejemplo, se relata también la perplejidad de los parientes de san Juan Bautista al conocer cómo querían sus padres que fuese llamado. Zacarías, escribió sobre una tablilla: “Juan es su nombre” (Lc 1, 63). Este episodio deja patente como, a pesar de la extrañeza de muchos, pues nadie en la familia se llamaba así, se aceptó la autoridad del padre en esa circunstancia.

En ese versículo, la voz del Señor, por medio del ángel, se hace oír a José, comunicándole que Dios lo asocia con este gran misterio: Es él quien debe nombrar al Salvador. De igual modo, Dios ratifica la legitimidad del poder paternal de san José sobre Jesús, o sea, su condición de verdadero padre , como destaca el Papa Juan Pablo II en su ya citada Exhortación Apostólica:

“Cuando él le dio el nombre, José declaró la propia paternidad legal en relación a Jesús; y, pronunciando ese nombre, proclamó la misión de este niño, de ser el Salvador” 10.

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que el Señor había anunciado por el profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios con nosotros.

Podemos considerar que el nombre de Aquél que vino a ser el Redentor del nombre había sido escogido por Dios desde toda la eternidad, de acuerdo con la esencia del Salvador. Afirma, en efecto, en el mismo documento el Papa Juan Pablo II: “En este caso, se trata de un hijo que —según la promesa divina— realizará plenamente lo que ese nombre significa: Jesús —Yehosua— que significa ‘Dios salva’” 11.

Pues, desde antiguo, el nombre quería decir las propiedades quería decir las cualidades o propiedades de la persona.

Santo Tomás dice respecto a esto: “Los nombres deben corresponder a las propiedades de las cosas. […] Los nombres de los individuos son dados por alguna propiedad de aquél a quien se da el nombre. […] Pero los nombres que Dios impone a algunos significan siempre algún don gratuito que Dios les concede, como le fue dicho a Abraham: ‘Serás llamado Abraham, porque yo te constituí padre de numerosas naciones’ (Gn 17, 15); o como le fue dicho a Pedro: ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’ (Mt 16, 18).

Ahora, dado que al hombre Cristo fuera concedido este don gratuito de salvar a todos los hombres, convenientemente, pues, Le fue dado el nombre de Jesús, o sea, Salvador; nombre que el ángel comunicó de antemano no sólo a su Madre, sino también a José, que habría de ser el padre de creación” 12 .

Así concluye la anunciación del ángel a José, con la revelación de la misión de Jesús de “salvar a su pueblo de los pecados”. Podemos exclamar, con la liturgia de la Iglesia “¡O mágnum misterium!” sobre este sublime misterio, así revelado, comenta san Bernardo: “El Señor encontró a José según Su corazón y le confió con entera seguridad el más misterioso y más sagrado secreto de Su corazón. Él le reveló las oscuridades y los secretos de Su sabiduría habilitándole para conocer el misterio desconocido desde los orígenes del mundo. Aquello que numerosos reyes y profetas desearon ver y no vieron, le fue concedido a él, José, el cual no sólo vio, sino también comprendió, cargó, guió los pasos, abrazó, besó, alimentó y protegió” 13 .

Cuando despertó, José hizo como el ángel del Señor le había mandando y asumió para sí a su esposa.

Hay que señalar aquí la obediencia de san José a la voz del ángel. Esa misma docilidad se mostrará patente también cuando reciba la orden de ir a Egipto, huyendo de Herodes y, más tarde, cuando el mensajero celeste lo mande volver, por haber muerto el tirano.

Su sumisión es paralela a la de María, que exclamó, al recibir la inefable noticia de que sería la madre de Dios: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en Mi según tu palabra” (Lc 1, 38).

II – Otros episodios narrados en los evangelios

Visita a santa Isabel

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En todas las obligaciones que, como padre, le competían, José practicó de forma excelsa la virtud de la fortaleza.

Los evangelios no mencionan la presencia de José en el viaje de María a Ain-Karim, para visitar a su prima Isabel. Pero es obvio que él no la dejaría hacer sola un viaje tan largo.

Era preciso recorrer más de cien kilómetros, que requerían cerca de tres días de penosa caminata, por tortuosas sendas no exentas de todo tipo de incertidumbres. Era preciso no sólo contar con los peligros de la naturaleza, sino también con la inseguridad de los caminos, tantas veces infestados de salteadores.

Además, para la mentalidad y las costumbres de la época, era incomprensible que una joven anduviese a solas, y menos todavía emprendiese un viaje de ese porte sin ir acompañada de un familiar muy próximo o, si ya estuviese casada, del propio esposo.

El hecho de haber llevado José consigo a María a Belén, también confirma esa hipótesis. Ciertamente, así procedió para no dejar a su esposa sola en casa, una vez que la presencia de ella no era necesaria para el censo.

Huida a Egipto

Los evangelistas narran, después de la primera manifestación del ángel, todavía otra, ordenando la huida a Egipto. Allí, san José muestra su entera obediencia a la inspiración divina.

¡Cuántos desvelos, cuántas precauciones, cuántas noches expuesto a las inclemencias del tiempo a lo largo de las agrestes rutas de la época, para ejercer su función de esposo y custodio de María, de padre y celoso guardián del Redentor! Pues, una vez más, el silencio sublime del evangelio cubre los detalles de esa probación para la Sagrada Familia.

Jesús, María y José permanecieron en Egipto “hasta la muerte de Herodes” (Mt 2, 15). Sin embargo el Santo Patriarca no se aventuró a volver a Judea, al saber que allá reinaba Arquelao, hijo de Herodes. “Avisado divinamente en sueños” (Mt 2, 22), se retiró a Galilea y se instaló con Jesús y María en la ciudad de Nazaret.

En todas esas obligaciones que, como padre, le competían, José practicó de forma excelsa la virtud de la fortaleza, ¡qué no haría para cuidar de Jesús y María, sustentarlos y defenderlos como Ellos merecían, en las dificultades de la vida de aquellos tiempos…! ¡Todavía más en el exilio de Egipto —tierra extraña y pagana— cuáles no habrán sido los obstáculos y peligros!

Pérdida y encuentro de Jesús en el Templo

La pérdida de Jesús en el Templo nos la relata el evangelio de Lucas (cf. Lc 2, 41-51). Tenía Jesús “12 años”, cuando sus padres subieron, como “todos los años”, a Jerusalén con ocasión de la Pascua, para cumplir la ley. Al regreso, pensaron que su Hijo estaba entre la comitiva del viaje, pero al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en Su búsqueda.

Tres días después, lo encontraron enseñando en el templo, entre los doctores.

Para María y José, fue una tremenda prueba cuya magnitud se entreve en el corto diálogo con Jesús y, sobre todo, en el comentario final del evangelista: Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos buscado angustiados. Él les contestó: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” Pero ellos no comprendieron lo que les decía. Una vez más, José se encuentra con una prueba de perplejidad ante los designios divinos, tantas veces incomprensibles para la inteligencia humana.

Jesús, descendió con Ellos a Nazaret y les era sumiso. Y ahí el Niño “crecía en sabiduría, estatura y en gracia, delante de Dios y de los hombres” (Lc 2, 52).

La pasión de san José

Sobre estos episodios, narrados tan sucintamente por el autor sagrado, el inspirado comentario del padre Llameras lanza una luz: “La infancia y la vida oculta de Jesús constituyen la pasión de san José” 14. Maravilloso periodo de la vida del Salvador, en que el misterio envuelve con destellos dorados la virtud de Jesús, María y José.

También el padre Eugenio Cantera, renombrado teólogo español, comenta sobre el mismo periodo: “ En todas las escenas de la infancia del Salvador, advertimos no sólo la presencia de José, sino también su intervención directa, su acción inmediata. Acción, si se quiere, oculta y silenciosa, pero eficaz y constante. Contemplemos durante algunos momentos esos pasos de Jesús Niño y lo veremos siempre acompañados de José” 15 .

Todo ese tiempo junto a Jesús y María significó para José un incremento, en cada instante, de las virtudes infusas con que la Providencia le había dotado.

III – “Vir justus”, escogido desde toda la eternidad

¿Pero será que nos podemos limitar a considerar solamente las gracias de José a partir de sus castas nupcias? ¿No es él, como vimos, el vir justus, escogido desde toda la eternidad para ser el padre adoptivo de Jesús?

En ese sentido, afirma el padre Reginaldo Garrigou-Lagrange: “Considerada su misión totalmente divina, el Dios providente le concedió todas las gracias ya desde la infancia piedad, virginidad, prudencia, perfecta fidelidad…” 16.

También san Jerónimo afirmaba que José era llamado justo por la posesión perfecta de todas las virtudes.

Y el docto padre Juan de Maldonado, S.J., lo confirma: “san José es llamado justo, no porque poseyera no sólo la justicia, una de las cuatro virtudes morales, sino porque estuvo lleno de todo género de virtudes, como señaló Crisóstomo” 17 .

¡San José cooperó para la constitución del orden hipostático!

El conceptuado teólogo dominico, padre Bonifacio Llamera, en su citada obra Teología de san José 18, dedica treinta y seis páginas en demostrar, basado en renombrados autores, cómo san José “coopera en la constitución del orden hipostático, de un modo verdadero y singular, extrínseco, moral y mediato” 19. Y concluye: “San José [ está ] comprendido en el decreto divino de la Encarnación”.

La misma opinión defiende el biblista padre Jose María Bover, S.J., el cual discurriendo sobre la paternidad de san José en una de sus obras, llega a afirmar: “Respecto al Hijo de Dios, en cuanto hombre, era verdadera autoridad o poder paterno: Jesucristo, en cuanto hombre, estaba sujeto a José, al cual debía obediencia. En lo que respecta a la madre de Dios, la paternidad de José era como el complemento connatural de la divina maternidad de María, a cuya categoría estaba elevada. En lo referente a Dios Padre, era una misteriosa participación, comunicación o extensión de su divina paternidad.

En virtud de esa triple relación, la inefable paternidad de José se entroncaba al orden de la unión hipostática.

Y a este orden supremo pertenecía, consecuentemente, la gracia de José: no de orden ministerial —como la de san Juan Bautista o la de los apóstoles— sino gracia de orden y carácter hipostático, como era la gracia de la madre de Dios, si bien que en un grado inferior a ella” 20 .

Podemos, pues, concluir con el padre Garrigou-Lagrange: “ A este orden superior pertenece “terminative” la misión especial de María, esto es, la maternidad divina y, en cierto sentido, o sea, extrínseca, moral y mediatamente, la oculta misión del bienaventurado José” 21.

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Para María y José, la pérdida de Jesús en el templo fue una tremenda probación, cuya magnitud se entrevé en el corto diálogo narrado por San Lucas.

Muerte de san José

Por haber fallecido en los brazos de Jesús y María, san José es el patrón de la buena muerte. Pues se juzga, y con razón, que nadie fue tan bien asistido como él en sus últimos momentos. Casi se podría decir que por eso el término de su vida fue tan suave y consolador que de él estuvo ausente cualquier sufrimiento o angustia.

Mientras tanto, no podemos olvidar que para José ésta fue la suprema perplejidad de su existencia terrena. Pues, al fallecer, se separaba de la convivencia inefable con su virginal esposa y con Jesús, el Hijo de Dios. José partía para la Eternidad, dejando en la tierra su Cielo… Que la consideración del ejemplo y de los preciosos dones concedidos por Dios al padre adoptivo de Jesús nos lleve a confiar en la poderosa intercesión de aquél a quien el propio Hijo de Dios obedeció: “Y Él les era sumiso” (Lc 2, 51).

“El ejemplo de san José — afirmó el Papa Benedicto XVI en la conmemoración de su fiesta litúrgica— es una fuerte invitación para todos nosotros a realizar con fidelidad, sencillez y modestia la tarea que la Providencia nos ha asignado. Pienso, ante todo, en los padres y en las madres de familia, y ruego para que aprecien siempre la belleza de una vida sencilla y laboriosa, cultivando con solicitud la relación conyugal y cumpliendo con entusiasmo la grande y difícil misión educativa. Que san José obtenga a los sacerdotes, que ejercen la paternidad con respecto a las comunidades eclesiales, amar a la Iglesia con afecto y entrega plena, y sostenga a las personas consagradas en su observancia gozosa y fiel de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia.

Que proteja a los trabajadores de todo el mundo, para que contribuyan con sus diferentes profesiones al progreso de toda la humanidad, y ayude a todos los cristianos a hacer con confianza y amor la voluntad de Dios, colaborando así al cumplimiento de la obra de salvación” 22 .

1) Mt 1-2; Lc 1-2; 3, 23; 4,22. Además de eso, es mencionado como padre de Jesús en Jn 1, 45; 6, 42.
2) San JUSTINO, Dial. cum Tryph., LXXXVIII, in P.G., VI, 688.
3) Mariale, q. 51. Apud LLAMERA, Bonifacio. Teología de San José; BAC, Madrid, 1953, p. 160.
4) LEÓN XIII Encíclica Quamquam pluries, 18 de agosto de 1889, n. 3.
5) G. RICCIOTTI, Vita di Gesù. n. 232. Società Grafica Romana, 3a. ed., Turim-Roma (1947).
6) SANTO ALBERTO MAGNO. Mariale, q. 22. Apud Llamera, Teología de San José. Bac Madrid, 1953, p. 462.
7) SANTO TOMÁS. Commentarium in Math. 1, 19, apud LLAMERA, B., ibidem, p. 209.
8) SAN BERNARDO, Homilia II Super Missus est n. 14.
9) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Redemptoris Custos de 15-8-1989 nn. 4 e 12.
10) Idem , ibidem , n.12.
11) Idem , ibid . n. 3.
12) SANTO TOMÁS. Suma Teológica , III, 37, Ad. 2 Resp.
13) SAN BERNARDO. Homilia II super “Missus est” 2; 16.
14) LLAMERA, Bonifacio, ibidem , p. 166.
15) CANTERA, E. San José en el plan divino. Apud Llamera, ibidem , p. 236.
16) GARRIGOU-LAGRANGE: De Praesentia S. Ioseph. “Angelicum” abril-junho 1928, apud Llamera, ibidem ,
17) In Mt. 1, 19. Apud LLAMERA, ibidem , , p. 198.
18) Biblioteca de Autores Cristianos, n. 108, Madrid, 1953. De este libro dice el P. Antonio Royo Marín, O.P.: “Esta obra es, de lejos, la mejor que se haya escrito sobre San José en todo el mundo” ( La Virgen y Dios , BAC, Madrid, p. 406).
19) ibidem , p. 115.
20) BOVER S.I. , José Maria: Vida de Nuestro Señor Jesucristo (Barcelona, 1955), en P. Francisco de P. Solà, S.J . Mt 1-2 y las relaciones que establecen entre San José y el misterio de Cristo , en e-aquinas, Revista electrónica mensual del Instituto Santo Tomás (Fundación Balmesiana), marzo 2006.
21) De Praesentia S. Ioseph . “Angelicum” abril-junio 1928, p. 202, apud LLAMERA, ibidem , p. 131.
22) Ángelus, 19 de marzo de 2006.